DÑA PILAR
Las tardes de los sábados tenían un nombre Dña. Pilar, la encantadora anciana a la que iba a visitar. La vida había sido dura y no le había tratado demasiado bien, según mi parecer, aunque ella no lo veía así. Ahora vivía medio en la pobreza con una pensión ridícula como suele pasar con la gente mayor. Postrada por el dolor de una artritis crónica, que le impedía caminar y moverse. Necesitaba de terceras personas para su vida cotidiana. Si, lo reconozco, cuando empecé a visitar a Dña Pilar lo hacía solo por el interes de estar con Nuria, pero poco a poco aquella anciana se fue ganando mi corazón. No me importaba que me contara las misma batallas un par de veces al mes, o que me regañara como su fuera su nieto y se metiera con mi aspecto, mi pelo, mis pantalones rotos, mi ropa. En el fondo me gustaba tener a alguien que me quisiera y me necesitara, que me recordara a la abuela que no tuve. Me hacía sentirme útil.Aquel día Nuria no vino, después de la lluvia se había resfriado y estaba en la cama con fiebre. En principio lo que se presentaba como un día cualquiera se convirtió en una tarde especial. Recuerdo que el día era soleado y aunque era otoño todavía el sol calentaba así que decidimos salir a pasear, y acerque a mi ancianita adorable al muelle, porque a ella también le gustaba mirar el mar. Entonces me contó una extraña historia. Ella se habia quedado huérfana muy joven, siendo la mayor de 6 hermanos, por lo que entró a trabajar como doncella en una casa de gente de alta sociedad. La trataban muy bien, la pagaban bien y con ese dinero podia mantener a sus hermanos, que hasta pudieron ir a la escuela y tener unos estudios. Un día se presentó en la casa un amigo del matrimonio, un marino, capitán de un barco que hacía el pasaje a las indias llevando carbón. En cuanto lo vio con su uniforme y tal alto, se enamoró perdidamente de él. Pero ella era una simple doncella y él el capitán de un navio. Era un amor imposible. El capitán era amable con ella y cada vez que visitaba la casa le solía traer alguna golosina o algún recuerdo de sus viajes. Eran pequeños regalos que para ella significaban un mundo. Nadie de la familia se había percatado de su amor por el capitán, ella siempre que venía disimulaba lo más que podía, intentaba estar en la cocina todo el tiempo y procuraba ser tosca y poco refinada. No quería que nadie se enterara de ese amor imposible. La señora de la casa se asombraba de que le cambiara el carácter de esa manera y solía decirle a capitán, pero si Pilarcica nunca es así, siempre esta sonriendo y cantando. Y pilarcica creía que tenía bien guardado su secreto, pero un día de invierno se levantó una galerna. Las olas rugían, y el mar embravecido parecía que quería comerse la tierra, el barco de su capitan estaba por llegar por esas fechas, pero con ese mar ningún barco sobreviviría. Su esperanza es que hubiera anclado en otro puerto, y la pobre Pilarcica se pasó varios días en vela rezando con su rosario entre las manos, sin parar de pasar las cuentas. Y preguntando al pescadero y las demas personas de la plaza si se sabían algo de los barcos que tenían que atracar. Entonces la dueña de la casa se dio cuenta de que algo pasaba, todo el mundo estaba preocupado por lo que pudiera pasar con los barcos pero Pilarcica había dejado hasta de comer, y se la notaba excesivamente preocupada. Una noche mientras estaban ama y criada a la luz de la chimenea estaban pasando la tarde oyendo la radionovela de la época, oyeron noticias que anunciaban el hundimiento de un navio procedente de las indias. La tormenta era tan fuerte que impidió oir con claridad el nombre del navio pero no importaba demasiado, muy pocos navios hacian la ruta de las indias y Pilarcica noto que le faltaba el aire y que todo le daba vueltas y se volvía oscuro y negro. Cuando despertó se encontró recostada y con el ama de la casa a su lado. Pilarcica se levantó muy apurada por la situación, no pasa nada mujer quedate en la cama todo lo que necesites. No se que me paso señora, intentó escusarse, pero para entonces la señora de la casa había atado sus cabos. Y le dijo Pilarcica estate tranquila seguro que Dios ha protegido al capitán. Paso aquel día y el siguiente y no se tenía noticias ni del naufragio ni de los posibles supervivientes si es que los había habido. Por fín a los tres días el práctico del puerto pudo anunciar que había habido 5 supervivientes y que el resto de la tripulación estaba desaparecida, sólo había sido posible rescatar un cuerpo sin vida. Pilarcica corrió al tablón de la lonja a ver los nombres de los supervivientes, pero allí no estaba el nombre del capitán. Era lógico, el capitán es el último que abandona el barco, se habría quedado al pie de timón, aguantando hasta el final el embite de las olas que arrasaban la cubierta y se llevaban todo a su paso. Con el corazón destrozado volvió a la casa y durante un tiempo dejo de reir y de cantar y su corazón se volvió lleno de penas y tristezas.

2 Comments:
Precioso relato. Felicidades por su blogg es uno de mis favoritos.
Que pena que muriera el capitán, pero el mar es así de traicinero. I
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