UNA ALIADA
Que nos pasa a los hombres que cuando tenemos delante la mujer de nuestros sueños muchas veces ni la vemos, y cuando la vemos es demasiado tarde. Por que siempre nos fijamos en el físico. En sus pechos, sus caderas, sus curvas. Por que será que la atracción física es lo primero. Será una reminiscencia del hombre primitivo que necesitaba perpetuar la especie antes que amar y sentirse amado. Tal vez en eso los hombres no hayamos cambiado demasiado y seguimos siendo primitivos e instintivos, pero ahora con la evolución también sabemos ser atentos y delicados. Como dice un amigo mío estamos hechos de barro y ellas de nuestras costillas. Por eso ellas son nuestra perdición y nuestra condena, por que han salido de la materia del hombre y por eso son superiores, por eso no podemos admitirlo, y por eso no podemos evitarlo, no sabemos vivir sin ellas. Bien sea para recrearnos la vista, para sentirnos superiores, para usarlas o para ser amados por ellas, dependemos de ellas. No somos nada sin ellas, y yo no era nada sin Nuria. No la deseaba por una cuestión física, de hecho no era atractiva, pero me llenaba, y me hacía tener deseos de ser mejor, de darme, de amar, para a su vez ser amado por ella. Y ahora todo había acabado, aunque nunca realmente había empezado. Sólo en mi cabeza, en mi corazón. No sabía que hacer con ese sentimiento, no sabía como hablarle y decirle que yo la amaba, que jamás la traicionaría, que estaba dispuesto a entregarle toda mi vida, mis sueños, mis ilusiones, mis proyectos, mi libertad. Que era suyo, en cuerpo y alma, si me aceptaba. Que mis ojos estaban ciegos si no la veía a ella, que mi voz estaba muda si ella no oía mis palabras, que mis oidos estaban sordos sino escuchaba su voz, que me sentía como un mutilado cuando mis manos no podían tocar las suyas, que mis pies sólo querían andar un camino, el que llevaba de su corazón. Tal vez todo esto suene cursi y tópico, pero era así. Y ahora me sentía como un moribundo, vacio por dentro, un cadaver que andaba pero no tenía vida. Y sólo se me ocurrió una persona capaz de ayudarme, Dña. Pilar. Aprovechando uno de los días que la cuidaba y que Nuria no había ido y le conte todo lo que me había pasado. Y nunca antes en la vida había sido más sincero conmigo mismo y con mis sentimientos como aquella tarde con Dña. Pilar. Ella me miró, comprendiendo mis palabras. Y con la sabiduría que da los años, me dijo:Orual, una mujer despechada necesita tiempo, tiempo para que su corazón se calme y para que sus heridas se cierren y cicatricen. Pero no te apures, el corazón de una mujer es fuerte y sabe aguantar, son como los rosales, en invierno parecen muertos pero cuando llega el sol reverdecen con todo su explendor y se llenan de flores y de aroma. Ahora es el invierno, pero si ve que tu comportamiento es honesto y leal, eso será para ella como el sol de la primavera y le hará germinar y florecer. La mujer sólo necesita sentir amor para cambiar. Sabemos perdonar aún la mayor de las ofensas pero necesitamos estar seguras que no nos volverán hacer daño.
Me dijo más cosas que ya no recuerdo, pero seguí su consejo, y seguí yendo a casa de Dña. Pilar los sábados, y me seguí encontrando con Nuria.
Dña. Pilar se convirtió en mi aliada secreta, fue el paño de lágrimas de Nuria y mi defensora, ella le iba dejando caer cosas sobre mi y pasaron algunas semanas y un día me armé de valor y le hablé a Nuria.
